Hasta que el mundo no sea un vacío inhabitado, habrá una
imagen en el espejo, decía Henry James, y a rebujo de esta sentencia yo he
pensado a veces que no estaría mal que la última imagen de este mundo absurdo
reflejada en el espejo, antes de borrarse para siempre la huella del hombre
y su memoria, fuera la jeta de Groucho con su puro y sus altos cejones
diciéndole a Dios: "Hice lo que buenamente pude para arreglar lo tuyo aquí
abajo, pero lo siento, chico, eso no hay Dios que lo arregle".
La política no hace extraños compañeros de cama, los hace
el matrimonio, escribió Groucho, y en cierto modo, este entretenimiento
o curiosidad cinéfila hace lo mismo emparejando estrellas. Pero en el caso
que nos ocupa el extrañamiento es más aparente que real: estoy seguro que
Verónica Forqué, actriz de singular talento para la comedia, de una
expresividad delicada y frágil como la porcelana, pero tenaz y persistente,
una dinámica gestual y un ritmo verbal especiales para captar el absurdo en
la vida cotidiana, estaría encantada de iniciar este paseo en busca del genio
del puro. (Pero sorteando momentáneamente un atajo, en el que le espera el
Marlon Brando de Viva Zapata, es una pista) guiando a Carmen
Maura en el primer trecho, pues fue su compañera de fatigas en ¿Qué
he hecho yo para merecer esto? posiblemente la mejor película de Almodóvar.
Seguimos con Carmen Maura, que le pasa el testigo a Fernando Colomo,
su director en el artefacto cómico Pompurrutas imperiales. buen título
paródico cuyas resonancias aún hoy pueden escucharse en la calle de Génova.
El director Fernando Colomo batalló lo suyo con El caballero del
dragón, pero el dragón le salió un poco rana aún contando en el reparto
con el formidable Harvey Keitel, al que después un decisivo despegue
profesional le llevaría a la sofisticada intríngulis de El piano y
al cuerpo pequeño y prieto de Holly Hunter, cuya silenciosa desnudez
deja en ridículo la música para piano más boba jamás oída en una peli,
Esta actriz de gran fuerza interior, la Hunter, se muestra vibrante
y patética en Mis América. un cóctel amargo con unas gotas de sueño
americano y Tim Robbins como guinda. Junto a Holly actúa Scott
GIenn, el secundario flaco y anguloso que nos introduce en El silencio
de los corderos, la sobrevalorada y efectista pesadilla en torno al caníbal
Anthony Hopkins filmada por Jonathan Demme. Hopkins,
actor inglés con muchas horas de vuelo, secundó años atrás a Jane Fonda
en una película menor de Joseph Losey titulada Chantaje a una esposa.
y la joven Fonda, en los inicios de su etapa parisiense tontorrona
y rebelde, a punto de dejarse comer el coco por Vadim-cabeza-de-serrín,
se puso a las órdenes de René Clement en Los felinos. con Alain
Delon, al que veremos después convertido en Tancredi, el "sobrino negro
y sutil como una culebra", según lo describe Lampedusa y Visconti lo
recrea espléndidamente en El gatopardo. El pasajero celeste demanda
aquí una breve parada para contemplar a la hermosa Angelica/Claudia Cardinale
bailando un vals en brazos del arrogante don Fabrizio, príncipe de Salina/Burt
Lancaster. Un poco más tarde, cuando el príncipe camina solo bajo la noche
siciliana y oye los granitos de arena cayendo en el reloj de su vida, uno
recuerda que bastantes años atrás Burt Lancaster se emborrachó con
Montgomery Clift en De aquí a la eternidad, de Zinnemann, y
que Monty Clift también se emborracha en Vidas rebeldes, de
Huston, bajo la mirada lastimera y solidaria de Marylin Monroe,
ya también en el tramo final de su desdicha. Y es Marylin la que nos
deposita a la vera de Groucho Marx, pues juntos hacen Amor
en conserva.
Pero ya hemos dicho que hay un atajo que pasa por Emiliano
Zapata y por la Roma imperial de Julio César.
La próxima entrega:
De Imperio Argentina a Spencer Tracy